Eduardo Montemayor Villarreal
De pequeño, cuando vivió en el distrito pobre de La Castellane, Zinedine Zidane soñaba despierto sentando en una butaca del Stade Vélodrome inspirado y encantado por la magia de Enzo Francescoli jugando futbol con el Olympique de Marseille.
Durante aquellos días a finales de los años ochenta, la figura de Enzo fue para Zinedine un destello fugaz de su propio destino: estaría llamado a ser el primer héroe para la Francia del siglo XXI y la suya se convertiría en una de las historias más brillantes que ese narrador tan caprichoso llamado futbol jamás haya contado.
En los números pocos nombres del balompié mundial (por ejemplo, Alfredo Di Stéfano y sus cinco Copas de Europa) ganaron tanto como Zidane. Cuando pisó Turín defendiendo a Juventus de 1996 al 2001, contribuyó a guardar en casa dos campeonatos italianos y otro par de subcampeonatos por Liga de Campeones.
Luego, Zinedine fue contratado por 76 millones de euros (cifra récord en el ámbito futbolístico) y llegó a las filas del Real Madrid que entregó a los hinchas merengues la Liga de Campeones 2001-2002 y la Liga de España 2003-2004.
En nivel de selección, el talento de Zidane marcó diferencia para que los bleus alcanzaran cúspide ganando la Copa del Mundo Francia 1998 y la Eurocopa 2000 organizada por la mancuerna Bélgica – Países Bajos. Entonces, los números cuentan de un deportista que lo ganó todo, o al menos, todos los trofeos que la élite del balompié aspira a ganar.
Sin embargo, la naturaleza del futbol tiene más pinta de arte que de ciencia y las estadísticas apenas pueden hablar una pizca sobre el legado del marsellés. Concretamente, Zidane dejó dos momentos épicos en que convirtió el pasto en lienzo, su cuerpo en pincel y el futbol en obra maestra. Éstos son las finales de la Copa del Mundo en Saint-Denis y de la Liga de Campeones en Glasgow, Escocia.
En aquella final de Copa del Mundo todo el Stade de France, incluido Jacques Chirac, apoyaba a la selección de casa; apoyo de las emociones porque el Brasil de Ronaldo, Roberto Carlos, Rivaldo, Dunga, Aldair y compañía, era lógico favorito. Francia apenas pudo pasar los octavos de final en tiempos extra sobre Paraguay y pensar que se llevaría la copa con tanta holgura (3-0) era quizá una locura.
Zidane fue el líder moral de la selección francesa aquel 1998, puso en la media cancha el ritmo del partido y mató al Brasil todavía campeón con dos cabezazos, dos estocadas letales. Ese día, el 12 de julio, Zidane tuvo bautizo como hijo preferido de Francia e ídolo de millones de personas a nivel internacional. A partir de entonces, tierra que pisara era tierra que conocía su nombre.
Después, ya en el siglo XXI, sucedió la final de Glasgow 2002 contra Bayern Leverkusen defendiendo los colores del Real Madrid. El partido contra los alemanes fue cerrado, con un Madrid lejos del buen futbol que por momentos practicó durante las fases previas de la competencia europea.
Cuando los partidos son monótonos, peleados, los talentos individuales suelen anotar las diferencias que de vez cuando, dan o quitan campeonatos.
Glasgow es ejemplo en vida de lo anterior. Rumbo el minuto 45, Santiago Solari abrió un centro a los límites de la banda izquierda para Roberto Carlos, lateral potentísimo que ante la complicación del marcador alemán bombeó improvisadamente el balón hacia el lindero del área rival y entonces, la leyenda fue escrita. Zinedine Zidane impactó la pelota bombeada con el pie izquierdo y colocó un disparo imposible en el marco de Hans-Jörg Butt. Fin de la historia, 2-1 favor los merengues y la copa tuvo casa en Madrid.
El gol de Glasgow, obra magistral de la pierna zurda de Zidane, es considerado por la crítica (Marca, AS, la propia revista de la Unión Europea de Futbol Asociación, etcétera) como la mejor anotación en competencias europeas a nivel de clubes. El impacto reafirmó el mito de Zinedine y marcó a una generación entera de aficionados al balompié. Aquellos que por suerte del devenir histórico presenciamos el gol, jamás lo olvidaremos.
Zidane fue la belle bête (bella bestia) del futbol. Su dominio de la pelota lleno con fantasía, tan sutil y seguro acaso como si tuviera imanes en los botines, fue siempre una denotación de belleza brutal. Belleza implacable.
Sin embargo, en el marsellés existió una dualidad pronunciada entre genialidad e irracionalidad. Por momentos, Zinedine perdió brújula y cometió sobre la canchas momentos injustificables. Ejemplo de ello fue el cabezazo sobre el pecho de Marco Materazzi en plena final de copa mundial 2006.
El golpe del capitán francés a Materazzi fue una reacción impensable durante el marco de su retiro, salió expulsado dejando a la selección francesa incompleta en tiempos extra, cuando las piernas se doblan cansadas. Francia perdió la copa.
La dualidad, que tiene mucho de belleza y algo de bestialidad, hace de Zinedine una figura tan humana. A resumidas cuentas, a Zidane Dios lo quiso humano pese dotarlo de un toque de pelota prodigioso.
En pleno 2008, el Zinedine retirado de las canchas pasa los días trabajando para el Consejo de Administración de Danone Comunities que busca mejorar la nutrición y educación de niños en todo el mundo, y visitando barrios pobres también a nivel global. En marzo pasó por Brasil y Argentina.
Cada generación tiene sus leyendas. Mi generación, nacida a mediados de los ochenta, nunca pudo verlo a Di Stéfano ni a Pelé. Nos perdimos del mejor Diego Armando Maradona, el de 1986 y principios de los noventa. Éramos tan pequeños.
Pasarán los años y de vez en cuando que a nuestros hijos, sobrinos o nietos se les dificulte ir a la cama de noche, haremos memoria y les contaremos la leyenda de Zidane. Esa leyenda del hombre que dice: érase una vez en Glasgow…
Eduardo, no soy futbolera, pero curiosamente recuerdo a Zidane en el Mundial de 1998. Su historia es única.
Comment por llozano5 — Marzo 26, 2008 @ 2:38 am
Partiendo del comentario de lorena, creo que los dos momentos por los que millones de personas conocen (y recuerdan) a Zidane son Francia ‘98 y el cabezazo a Materazzi en la copa del ‘06.
Sin embargo, el gol de Glasgow en el marco de una final europea es Zidane como maestro. Nos guste o no el futbol, en ese gol lo reconocemos como maestro. El gol de Glasgow es a Zidane lo que El David a Miguel Ángel: un toque de lo prodigioso.
Te recomiendo checar el gol por YouTube, escucharás además la narración al borde de la locura de los cronistas españoles gritando “¡Viva la madre que te parió!”.
Comment por Eduardo M. — Marzo 26, 2008 @ 3:53 am
Que manera tan interesante de relacionar el futbol con el arte y de describir el verdadero significado de Zinedine Zidane en àmbito fultbolìstico.
Comment por gcruz — Marzo 26, 2008 @ 5:47 am
Sin temor a equivocarme puedo decir que son muy pocas las personas que en su vida han escuchado hablar sobre el personaje, porque paso del ámbito de los deportes a la cultura general, concuerdo contigo en que la historia pasara a las generaciones futuras como lo que nosotros vivimos con Maradona y Pelé
Comment por raulrubiomoreno — Marzo 27, 2008 @ 2:40 am
Todavía recuerdo el momento en que la quijada se me cayó en el piso al ver en pantalla lo que mis ojos no podían creer: Zizou perdiendo (y usando, vaya ironía) la cabeza de tal forma ¡EN VIVO FRENTE AL MUNDO, EN UNA FINAL MUNDIAL!
Vaya caso.
Comment por malr08 — Marzo 28, 2008 @ 1:00 am
Creo que ese momento con Marco Materazzi, expone la naturaleza del hombre, capaz de juntar una dualidad entre lo sofisticado y lo bestial. Mi aproximación a la palabra bestia la corroboré en el diccionario, y refiere a lo irracional. El ser humano, aun tomando a verdaderos genios como Zidane, no puede renegar su pertenencia al reino de lo animal, de lo impulsivo.
El hecho que Zidane nunca haya lamentado el cabezaco a Materazzi es simplemente una aceptación con el más amplio concepto de su humanidad.
Comment por eduardomont — Marzo 28, 2008 @ 2:28 am